ESCOGIDOS POR GRACIA

“El Señor no puso Su amor en ustedes ni los escogió por ser ustedes más numerosos que otro pueblo, pues eran el más pequeño de todos los pueblos.”
— Deuteronomio 7:7, NBLA
Cuando Dios llamó a Abraham, no estaba escogiendo a un hombre que el mundo considerara extraordinario. Era simplemente Abram, un hombre que vivía en Ur de los caldeos.
Sin embargo, Dios puso Sus ojos sobre él y vio el comienzo de algo mucho más grande. De aquel hombre levantaría un pueblo y, de ese pueblo, vendría finalmente el Salvador.
Algo parecido ocurrió con Israel.
Dios mismo les recordó que no los había escogido porque fueran grandes, poderosos o impresionantes. Al contrario, eran el más pequeño de los pueblos. La razón de su elección no estaba en ellos, sino en Dios y en Su amor.
Y esa verdad también nos alcanza a nosotros.
Cuando Dios nos encontró, no encontró una vasija terminada. Éramos barro: marcados por el pecado, con pensamientos que necesitaban ser renovados, deseos desordenados y áreas de nuestra vida que necesitaban ser transformadas.
Dios no esperó a que nos convirtiéramos en algo digno para acercarse a nosotros.
Nos amó por gracia. Nos llamó por gracia. Nos salvó por gracia.
Por eso, cuando somos tentados a pensar que debemos demostrarle a Dios cuánto valemos para merecer Su amor, debemos recordar el evangelio: no somos nosotros quienes nos hacemos dignos de Sus manos; son Sus manos las que transforman nuestra vida.
Todo comienza con la gracia del Alfarero.
Para reflexionar
¿Estoy descansando en la gracia de Dios o todavía intento demostrarle que soy digno de Su amor?
¿Cómo cambia mi manera de verme saber que Dios decidió acercarse a mí aun con todas mis imperfecciones?
Oración
Señor, gracias porque Tu amor por mí no depende de mis méritos. Recuérdame cada día que todo lo que soy y todo lo que llegaré a ser es resultado de Tu gracia obrando en mí. Amén.
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