LA GRACIA QUE TRANSFORMA EL BARRO

“Pero Dios, que es rico en misericordia, por causa del gran amor con que nos amó, aun cuando estábamos muertos en nuestros delitos, nos dio vida juntamente con Cristo.”
— Efesios 2:4-5, NBLA
La Biblia no presenta nuestra condición lejos de Dios como la de personas que simplemente necesitaban mejorar algunos aspectos de su vida.
Pablo utiliza una expresión mucho más fuerte: estábamos “muertos en nuestros delitos y pecados”.
Había deseos que necesitaban ser transformados, pensamientos que debían ser renovados y una voluntad que necesitaba ser confrontada. Como el barro, no podíamos transformarnos a nosotros mismos en aquello que Dios quería que fuéramos.
Pero entonces aparecen dos de las palabras más hermosas de Efesios:
“Pero Dios…”
Dios intervino.
No esperó que limpiáramos nuestra vida para acercarse. Romanos 5:8 dice que Cristo murió por nosotros “siendo aún pecadores”.
Ahí está la gracia.
El barro no produce por sí mismo la belleza de la vasija. La forma, el propósito y la transformación proceden de las manos del alfarero.
De la misma manera, nuestra esperanza no descansa en nuestra capacidad para transformarnos, sino en la capacidad de Dios para hacer en nosotros lo que jamás podríamos hacer solos.
Él nos dio vida. Él comenzó la obra. Y Filipenses 1:6 nos recuerda que Él continuará trabajando hasta llevarla a su cumplimiento.
Por eso podemos descansar: todavía somos una obra en proceso, pero estamos en las manos del Alfarero.
Para reflexionar
¿En qué área de mi vida estoy intentando producir con mis propias fuerzas una transformación que requiere la gracia de Dios?
¿Cómo cambia mi perspectiva recordar que Dios no solamente comenzó Su obra en mí, sino que ha prometido continuarla?
Oración
Señor, reconozco que no puedo transformarme por mis propias fuerzas. Gracias por Tu gracia, que me dio vida cuando estaba muerto en mis pecados. Continúa formando mi corazón y haciendo de mí aquello que Tú deseas que sea. Amén.
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