Así luce un corazón humilde
- Orlando Rodríguez Fonseca

- 11 jul
- 1 min de lectura
La verdadera humildad se manifiesta en una vida que depende continuamente de la gracia de Dios.
El publicano llegó al templo sin argumentos ni méritos que presentar. Su oración fue sencilla: “Dios, ten misericordia de mí, pecador”.
En esas pocas palabras encontramos el retrato de un corazón humilde.
El humilde reconoce que necesita a Dios cada día. No intenta impresionarlo con sus logros, sino que descansa en Su misericordia. Comprende que no puede producir su propia justicia y, por eso, confía completamente en la gracia.
También deja de buscar su propia gloria. Mientras el fariseo quería ser admirado, el publicano solo deseaba ser reconciliado con Dios. Su mirada baja no reflejaba una baja autoestima, sino una profunda conciencia de la santidad del Señor y de su propia necesidad.
Esa actitud no debe caracterizar únicamente el comienzo de la vida cristiana. La humildad acompaña al creyente durante todo su caminar. Hombres como David, Pablo y Martín Lutero, aun siendo siervos maduros, nunca dejaron de reconocer cuánto necesitaban la gracia de Dios.
La humildad no consiste en pensar que no valemos nada. Consiste en reconocer que todo lo que somos y todo lo que tenemos proviene de la bondad inmerecida de nuestro Señor.
Conclusión
El creyente madura espiritualmente no cuando deja de necesitar a Dios, sino cuando es cada vez más consciente de cuánto depende de Él.
Pregunta reflexiva
¿Estoy viviendo como alguien que ya cree haber llegado, o como un hijo de Dios que sigue dependiendo diariamente de Su gracia
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