Dios mira el corazón
- Orlando Rodríguez Fonseca

- 10 jul
- 1 min de lectura
Dios no evalúa a las personas por su reputación, sino por la condición de su corazón.
Cuando Jesús comenzó la parábola diciendo: “Dos hombres subieron al templo…”, sus primeros oyentes probablemente ya habían decidido quién sería el ejemplo a seguir.
El fariseo representaba todo lo que la sociedad admiraba: era respetado, conocía la Ley, tenía una vida moral y gozaba de prestigio religioso. En cambio, el publicano era despreciado. Era visto como un traidor y un pecador indigno del respeto de los demás.
Humanamente, el resultado parecía obvio.
Pero el reino de Dios no funciona según los criterios de este mundo.
Mientras las personas observan la apariencia, el prestigio o el historial de alguien, Dios mira el corazón. Él no queda impresionado por la reputación ni por la posición social. Su mirada se dirige a la actitud con la que nos acercamos a Él.
El publicano no tenía nada de qué presumir. Solo podía reconocer su necesidad de misericordia. Y esa disposición del corazón hizo toda la diferencia.
Nosotros también vivimos en una cultura que suele medir el valor de las personas por sus logros, su preparación o el reconocimiento que reciben. Sin embargo, delante de Dios, el mayor privilegio no es tener una buena reputación, sino un corazón humilde que depende completamente de Su gracia.
Conclusión
Lo que impresiona a las personas no siempre agrada a Dios; Él siempre mira más profundo: mira el corazón.
Pregunta reflexiva
Si Dios evaluara hoy mi vida, ¿encontraría más preocupación por mi reputación o una sincera dependencia de Su gracia?
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