El problema nunca fue la disciplina
- Orlando Rodríguez Fonseca

- 7 jul
- 1 min de lectura
Las disciplinas espirituales son buenas, pero pierden su propósito cuando dejan de conducirnos a Dios y comienzan a alimentar nuestro orgullo.
Cuando observamos al fariseo de la parábola, encontramos a un hombre muy disciplinado. Iba al templo, oraba, ayunaba y diezmaba. Ninguna de esas prácticas era pecaminosa. Al contrario, todas son disciplinas que Dios valora y que la Biblia anima a cultivar.
Entonces, ¿dónde estaba el problema?
No en sus acciones, sino en su corazón.
El fariseo había convertido sus disciplinas en la base de su identidad. En lugar de acercarlo a Dios, las utilizaba para sentirse superior a los demás y para creer que merecía el favor divino. Su confianza ya no descansaba en la gracia, sino en su desempeño.
Ese peligro sigue presente hoy. Podemos leer la Biblia, orar, congregarnos y servir fielmente, pero si esas prácticas alimentan nuestro orgullo en lugar de nuestra dependencia de Dios, hemos perdido de vista su verdadero propósito.
Las disciplinas espirituales nunca producen orgullo; simplemente revelan lo que ya hay en el corazón. Cuando se practican con humildad, nos acercan a Cristo. Cuando se practican para exaltarnos, solo ponen al descubierto nuestra necesidad de Su gracia.
Conclusión
Dios no solo mira lo que hacemos; también examina el corazón con el que lo hacemos.
Pregunta reflexiva
¿Mis disciplinas espirituales me están llevando a depender más de la gracia de Dios, o me están haciendo confiar cada vez más en mí mismo?
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