Cuando el mérito reemplaza la gracia
- Orlando Rodríguez Fonseca

- 4 jul
- 1 min de lectura
El corazón orgulloso deposita su confianza en lo que hace y comienza a creer que merece el favor de Dios.
El fariseo continuó su oración diciendo: “Ayuno dos veces por semana; doy el diezmo de todo lo que gano”. Su seguridad delante de Dios descansaba en su desempeño. Había construido su identidad sobre sus obras.
Algo parecido puede ocurrir con nosotros. Podemos llegar a pensar que nuestra estabilidad espiritual, los años en la iglesia, nuestro servicio, el conocimiento bíblico o incluso las bendiciones que disfrutamos son evidencia suficiente de que estamos bien con Dios. Sin darnos cuenta, dejamos de confiar en el Dador para confiar en nuestros logros.
Cuando eso sucede, el orgullo da un paso más. Comenzamos a sentir que Dios nos debe algo por todo lo que hemos hecho. La gracia deja de verse como un regalo inmerecido y empieza a percibirse como una recompensa. Entonces, casi sin notarlo, también empezamos a mirar a otros desde arriba, convencidos de que somos mejores que ellos.
El evangelio nos recuerda exactamente lo contrario. Todo lo que somos, tenemos y hacemos es resultado de la gracia de Dios. No comparecemos delante del Señor con un currículo, sino con la necesidad de Su misericordia.
Conclusión
La confianza en nuestros méritos alimenta el orgullo; la confianza en la gracia produce verdadera humildad.
Pregunta reflexiva
¿Mi seguridad delante de Dios descansa en lo que Cristo hizo por mí, o en lo que yo creo haber hecho para Él?
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