La cura para el orgullo
- Orlando Rodríguez Fonseca

- 5 jul
- 2 min de lectura
El orgullo solo puede ser vencido cuando reconocemos nuestra necesidad de la gracia de Cristo.
No es pecado querer crecer, mejorar o alcanzar nuevas metas. El problema comienza cuando el orgullo transforma los deseos en derechos y el corazón empieza a decir: “Yo merezco más”.
Cuando esa forma de pensar se instala en nosotros, la gratitud desaparece y la dependencia de Dios se debilita. Dejamos de preguntarnos: “¿Cómo puedo servir?” para preguntarnos: “¿Qué recibo yo?”. Incluso nuestra vida en la iglesia puede convertirse en una búsqueda de satisfacción personal en lugar de una oportunidad para servir al cuerpo de Cristo.
Por eso Jesús escogió a un fariseo como protagonista de su parábola. No porque quisiera atacar una profesión o un grupo religioso, sino porque quería exponer un problema del corazón. El fariseo puede tener muchos nombres hoy: maestro, empresario, pastor, profesional, músico o cualquier otro. El problema nunca ha sido el título, sino el orgullo.
Al comenzar esta serie recordamos el aneurisma de la aorta, un enemigo silencioso que puede avanzar sin ser detectado. El orgullo actúa de manera muy parecida. Solo puede ser tratado cuando dejamos de negarlo y permitimos que Dios lo saque a la luz.
La buena noticia es que existe una cura. No consiste en aparentar humildad ni en esforzarnos por parecer mejores personas. La verdadera cura es contemplar la cruz de Cristo. Allí comprendemos la santidad de Dios, la profundidad de nuestro pecado y la inmensidad de Su gracia. El orgullo comienza a morir cuando dejamos de confiar en nosotros mismos y descansamos completamente en Cristo.
Conclusión
El orgullo nos aleja de la gracia; la cruz nos devuelve a ella.
Pregunta reflexiva
Si hoy Dios examinara mi corazón, ¿encontraría a una persona confiando en sus propios méritos o descansando únicamente en la gracia de Cristo?
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