Cuando el “yo” ocupa el centro
- Orlando Rodríguez Fonseca

- 2 jul
- 1 min de lectura
El orgullo desplaza a Dios del centro de nuestra vida y nos convierte en los protagonistas de nuestra propia historia.
En la parábola del fariseo y el publicano, Jesús nos muestra el primer síntoma de un corazón infectado por el orgullo. El texto dice que el fariseo “oraba para sí”. Aunque sus palabras parecían dirigidas a Dios, en realidad el centro de su oración era él mismo.
Su oración comienza diciendo: “Dios, te doy gracias…”, pero enseguida deja de hablar de Dios para hablar de sí mismo. Una vez menciona a Dios; una y otra vez se menciona a sí mismo.
El orgullo siempre produce ese efecto. Poco a poco dejamos de contemplar la obra de Dios para comenzar a contemplarnos a nosotros mismos. Empezamos a creer que nuestras capacidades, logros, disciplina o fidelidad son el resultado exclusivo de nuestro esfuerzo, olvidando que todo buen regalo proviene de la gracia del Señor.
Un corazón humilde reconoce que Dios es el autor de toda buena obra. Un corazón orgulloso intenta ocupar ese lugar.
Conclusión
Cada vez que el “yo” ocupa el centro, la gloria que pertenece a Dios comienza a desplazarse de nuestro corazón.
Pregunta reflexiva
Cuando hablo de mi vida, ¿resalto más lo que Dios ha hecho por mí o lo que yo he logrado por mis propias fuerzas?
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