La trampa de compararnos
- Orlando Rodríguez Fonseca

- 3 jul
- 1 min de lectura
El orgullo nos lleva a medir nuestro valor comparándonos con los demás, en lugar de vivir a la luz de la gracia de Dios.
En la parábola, el fariseo oró diciendo: “No soy como los otros hombres… ni aun como este publicano”. Su confianza no estaba en Dios, sino en la comparación con los demás.
Ese mismo problema apareció años después en la iglesia de Corinto. Algunos se sentían superiores por su conocimiento, otros por el líder que los había discipulado y otros por los dones espirituales que poseían. Pablo les recordó que esa actitud no era señal de madurez, sino de inmadurez espiritual.
El orgullo siempre busca una escalera para sentirse más alto que alguien. Si no puede presumir de riqueza, presume de conocimiento; si no puede hacerlo por conocimiento, lo hará por experiencia, ministerio, disciplina o cualquier otra cosa que le permita sentirse superior.
El problema es que siempre habrá alguien que parezca tener más que nosotros. Cuando eso ocurre, el orgullo se hiere y nos empuja a competir, a buscar reconocimiento y a desviar nuestras fuerzas de aquello para lo cual Dios realmente nos llamó.
La gracia, en cambio, nos libera de esa carrera. Cuando entendemos que todo lo que somos y tenemos proviene de Dios, dejamos de competir con otros y comenzamos a servirlos con humildad.
Conclusión
El orgullo compite; la humildad sirve. El orgullo se compara; la gracia descansa en la suficiencia de Cristo.
Pregunta reflexiva
¿Con quién me estoy comparando hoy y cómo esa comparación está afectando mi manera de vivir y de servir a Dios?
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